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Nino Bravo, la voz que Dios quiso tener a su lado

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Nino Bravo en una foto de 1973

El 16 de abril de 1973, Luis Manuel Ferri Llopis, más conocido como Nino Bravo, sufrió un terrible accidente de tráfico que le costó la vida. Le recordamos así, 47 años después.

Cuando el flamante BMW 2800 blanco del cantante valenciano, con placa de matrícula GC-66192, entró en la curva del maldito kilómetro 95 de la Carretera Nacional III, el legendario cantante tenía apenas 28 años. Con él, viajaban José Juesas Francés y el Dúo Humo, formado por Fernando Romero y Miguel Ciaurriz. Sigue pasando el tiempo, sin embargo, los amantes de la música y de esta increíble voz, cada 16 de abril, nos volvemos a preguntar muchas cosas. Sobre la vida y su carácter absolutamente imprevisible.

La voz de Nino Bravo

Recuerdo con admiración la primera vez que escuché la voz de Nino Bravo. Estaba sentado en mi pequeño estudio de grabación y acababa de recibir un CD con algunos éxitos clásicos españoles, por mano de un amigo músico, por casualidad, sobrino de uno de los dos integrantes de ese Dúo Humo que se encontraba con Luis Manuel en el momento del accidente.

En cuanto a gustos musicales, desafortunadamente, mantengo un punto de vista bastante rígido (retrogrado y anacrónico) aunque esto, afortunadamente, no me impide tener una cierta objetividad a la hora de opinar sobre una canción o redactar una crítica de un álbum. Además, no creo exista un único género musical ‘aceptable’: simplemente hay cantantes bueno y malos, canciones buenas o malas. Así como discos que están bien hechos y tienen la capacidad de transmitir algo, frente a proyectos que no aportan nada. Todo eso sin la necesidad de reducir el arte a categorías o etiquetas, sin importar si se trate de trap, pop, rock, metal, R’n’B, dance, indie o lo que sea.

Me puse mis viejos cascos de deejay y lancé el primer tema del CD, la famosa “Te Quiero, Te quiero”. Pasó algo inesperado, sorprendente, incomprensiblemente mágico. Después de la corta introducción instrumental, me quedé parado, en silencio, cuando en mis oídos entraron las primeras palabras de Nino. Ese “De por qué te estoy queriendo, no me pidas la razón” que todos conocemos.

‘Esa voz’: pensé… ‘Es simplemente perfecta‘. Cálida, redonda, penetrante, capaz de envolverte y hacer que el alma vuele hacia la luz, la bondad, territorios lejanos y puros. Sin demasiado esfuerzo, con una potencia sin límites. Algo excepcional y que, en ese momento (era 2008), me pareció proceder de otra dimensión, de otro mundo.

Una historia que hace llorar

Inmediatamente después, gracias a ese tardío pero precioso descubrimiento, empecé a estudiar la vida de ese ‘nuevo’ cantante. Al no ser español, la historia de Nino Bravo era algo completamente descocido. Recorrí su carrera musical, cada single, cada elepé, cada disco. Su éxito, su personalidad, su pasión por la música y por el trabajo. Y también los amigos, la familia, los viajes. Una estrella entre las más brillantes de la música mundial, cuyo éxito internacional fue interrumpido, bruscamente e injustamente, por ese trágico accidente.

Poco a poco, acercándome a su talento y su arte, descubrí la imagen de un joven de 28 años lleno de responsabilidades, con una mujer y una hija pequeña que amar. Luis Manuel Ferri Llopis estaba destinado a convertirse en un punto de referencia para miles de cantantes, en todo el planeta. Y sigo manteniendo esta opinión, por personal y subjetiva que sea. Al día de hoy, aún no ha nacido nadie que tenga la misma capacidad vocal, la misma contundencia y ese color mágico en cada nota.

Sin embargo, la historia y la prematura muerte de Nino, dejan en mi corazón un profundo sentimiento de nostalgia e incredulidad. La vida, el orden natural de las cosas, el equilibrio, la fe… Todos conceptos que desvanecen cuando pienso en cómo se apagó la llama de este talentoso cantante.

¿Por qué? ¿Por qué Nino? ¿Por qué en ese momento? Y, sobre todo: ¿Como habría cambiado la música española e internacional, sin esa maldita curva de la Carretera Nacional III?

La voz que Dios quiso tener a su lado

Muchas veces, cuando pienso en ‘nuestro’ Nino, intento engañar a la melancolía con algo mágico, ultraterrenal. Ese joven valenciano recibió más que un don: a veces (y perdonarme si exagero) creo que los mismísimos ángeles le tenía envidia. Me gusta imaginarlo así, con un matiz mitológico. Un simple ser humano con una voz absolutamente divina, completa, penetrante y que sorprende por una potencia que es, al mismo tiempo, ligera y refinada. No es destructiva, sino imponente en su elegancia.

Cuando escuchas una de las canciones de Nino Bravo, en pocos segundos descubres matices y emociones que muy pocas veces el arte es capaz de cosquillear. Por eso estoy convencido que su forma de cantar e interpretar la música es algo innato, algo que procede ‘desde arriba’.

Así me gusta recordarlo, en el día en que dio el paso hacia la inmortalidad. Cuando el mismísimo Dios decidió tenerle a su lado. Y escucharle cantar. Para siempre.

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